
La noche anterior me fui temprano a la cama. Soñé con alguna historia de amor que siempre me irritan por las mujeres y situaciones que aparecen, y más que aquella noche aparecieron de buen humor. Me desperté escuchando el caer de una lluvia fuerte sobre el tejado, y atendiendo y maldiciendo el tintineo que producían algunas gotas cayendo en lo que me parecía por el sonido, un cubo del revés. Consulté la hora, eran las siete y unos (ni apreciables) minutos, aún me quedaba tiempo para un sagrado cuarto de hora en la cama, y con todo ello, me daría el tiempo justo para prepararme y salir de camino al trabajo, donde como siempre, tenia que estar a las ocho. Me quedé mirando el techo, pensativo, escuchando la lluvia caer, pensado la suerte que correría caminando bajo aquella fuerte lluvia acompañada de un celoso viento que no se separa de ella. No me quería mojar.
El cuarto de hora pareció ser mas placentero que toda la noche dormida. Mi mujer se levantó sobresaltada de la fuerza con la que me impuse, saliendo de la cama, y arrodillándome frente al cajón de los calcetines, el suelo estaba frio y yo descalzo. Abrí el cajón donde siempre quedaba un maltrecho y derrotado ejército de calcetines, algunas veces me hacía de una pareja bien presentable, esas veces eran las mayores, pero en esta ocasión todo lo contrario. Y entre los maltrechos y derrotados calcetines fui buscando un par del mismo color y del mismo hilo, lo que encontré fue: un grupo numeroso de calcetines que de tan recosidos estaban rotos, o de tan puestos descoloridos, de tan viejos con pelusas, de tan nuevos sin ellas, de tan encogidos demasiado fuertes, de tan mal comprados grandes, de tanto crecerme el pié pequeños… y, para colmo, de tan fieles a la diversidad cultural, de diferentes colores. Todos ellos solos, sin parejas, lo que evidencia que hasta los calcetines lo tienen difícil para encontrar la pareja adecuada (y mas yo para casar con mis pies dicha pareja que no encuentro). Actúe según pensé que mejor era cerrar el cajón de un golpe seco. Y con el cajón de los calcetines cerrado me fui a consultar la población de los demás cajones, el de las camisas de camisa de mangas cortas y largas, el de los calzoncillos de patas o slips, pero aparte de dicha sociedad no encontré a ningún calcetín extraviado, exiliado o emigrante de su propio cajón. Exclamé:
- ¡Carajo!, ¡Ahora que llueve tan fuerte no encuentro un par de calcetines!
Mi mujer, claramente, no fue otra, se levantó de golpe, fue hacia su cómoda y de un cajón que abrió cogió un par y me los dio. Eran un par de calcetines finos, lo que yo llamo como medias bajas para el pié.
- ¿No quedan otros?, pregunté.
- (la contestación llegó de golpe) No.
Empezamos el día bien, me decía a mi mismo, yo que siempre y desde la infancia me acostumbré a llevar calcetines gruesos que me abrigasen bien el pié y que evitasen deslizar el pié, me encuentro ahora sin un par de ellos, teniendo que elegir sin opción a estar todo el día con ese par fino que seguro se deslizará sobre las suelas interiores del zapato. Bueno, tendré que llevarlas, ¡qué remedio!, no todos los días llueve a gusto de todos, desde luego que hoy para mi gusto no (añadí resignado). Siempre nos ocurre lo mismo, ante el avance del reloj al compromiso tendemos a conformarnos con lo que, teniendo tiempo, de seguro no hubiésemos elegido. Terminé poniéndome el par que me dio mi mujer, me preparé y salí de camino al trabajo, no quería llegar tarde.
[...] por JºCAD
