sábado, 31 de enero de 2009

Caminando por Montes Claros





Las palabras nacieron entre aquellas aguas gélidas y claras, el manantial fue rebosando de sabiduría y sus aguas se extendieron rodeando las acequias de las cuales bajo un sistema milenario de riego se repartían aquellas aguas por huertas dando alimento al alma de albaricoques, melocotoneros, perales, naranjos y demás arboles que cumplían ya siglos de vida mimando sus frutos. El agua se extendía por las tierras creciendo las raíces en su busca, en una calma que desafiaba al paso del tiempo, emitiendo un susurro que paralizaba el tiempo bajo la atenta mirada del sol y la luna. El aire tan purificador era capaz de curar la mas vil de las enfermedades, se filtraba entre las ramas y hojas de los árboles haciendo que a cada respiro la vista se alzase hacia el cielo, como si al pasar el aire por aquellas hojas verdes quedase bendecido. Bajo la sombra de una parra cántaros llenos de agua esperaban cada día ser llevados por las mujeres camino a saciar la sed de sus hijos, allí esperaban la fruta, legumbres, hortalizas y demás bienes que de allí llevaban rumbo al pueblo. Para ir a aquellas huertas desde el pueblo habría que pasar por caminos tan tranquilos como dificultosos, rodeando montes y escarpadas, barrancos y arroyos, hasta caminar desde la orilla rio abajo unas dos fanegas de tierra. El lugar lindaba por cerros, lomas y peñas; Por el pasaba las aguas de un rio que se despedía tras una mágica travesía.
Cada mañana despertaba en la casa el olor al café, un aroma con el que quedaban impregnados durante toda la mañana quienes en la casa vivían. Despertaban mas temprano aun que el sol, aparejando los burros y demás animales de carga, guardando en las alforjas el pan recién sacado del horno y saliendo sigilosamente de las cuadras. Los primeros rayos del sol los veían montados sobre los burros y aun con el frio latente de cada mañana, dando los buenos días a cada vecino al pasar por las calles del pueblo. El trajín de cada mañana era tranquilo y armonioso, siempre era una melodía o un refrán con el que despertarse de buena manera. Tanto hombres como mujeres marchaban diariamente al campo, o algunos se quedaban las noches en el campo e iban al pueblo de vez en cuando para obtener productos en un mercado local al cual llegaban bienes de las tierras del propio municipio y de municipios y tierras mas alejadas, un intercambio en lo económico que sustentaba las relaciones culturales con una y otra tierra.
Aquellos personajes bien lo sabían, pasaban por una época de escasez, pero el remedio siempre lo encontrarían, como por remedio o necesidad se jugaban la vida o alguna visita a la cárcel al dedicarse al negocio fronterizo del contrabando. El principal producto que manejaba aquel contrabando era el café, el cual al pasar la frontera compraban mas barato para después vender una parte y dejar otra en casa para despertarse cada mañana, pues era esencial aquel café para alimentar cada mañana. Se jugaban la vida por obtener ese producto venido desde cafetales lejanos, partían de noche los hombres con las mochilas a cuestas y el dinero encima rumbo al pueblo que quedaba tras el paso fronterizo, y en el paso fronterizo y alrededores la guardia civil esperaba ansiosa a ser remunerada con la recompensa del orden y la ley impuestas sobre quienes arrestasen. Aquellos hombres conocían su tierra mucho mas que los guardas venidos desde distintos puntos del país, y por este conocimiento desafiaban como guerrilleros a un destacamento formado por guardias bien formados y reclutados para el ejercicio de sus labores, los contrabandistas iban en grupos reducidos y siempre liderados por personajes del contrabando que se ganaron alta reputación como tales en la zona, ellos eran capaces de burlar el control fronterizo y la soledad de la noche, ellos eran capaces de adentrarse en las callejuelas del pueblo vecino sin ser vistos y comprarles la mercancía a algún comerciante amigo, ellos eran capaces de volver a su pueblo con mochilas bien cargadas a las espaldas en la oscuridad de la noche, y sus mujeres con valentía se quedaban solas en casa junto a sus hijos esperándoles con angustia. En el caso de ser sorprendidos y arrestados se quedaban sin la mercancía y podrían también ser arrestados y encarcelados por temporadas, ellos eran todos unos valientes temerarios que desafiaban las fronteras con tal de sobrevivir.
Pero aunque se dedicasen al contrabando no por ello podían dejar de un lado la actividad y sacrificio que supone el mantener y sustentar el campo, sus cultivos y ganado. La rutina era dedicarse todos los días a las labores del campo, el contrabando quedaba fijado para ciertas fechas. Por tanto, la principal labor de aquellos personajes era la explotación del campo, al cual cada mañana dedicaban desde la tranquilidad respirando aire libre, realizando sus labores, ingeniándoselas de mil maneras para llevar adelante aquel oficio en el que se sustentaban no solo sus bolsillos, sino que también sus vidas.
Desde las mañanas en las cuales salían rumbo al campo hasta los atardeceres en los que volvía siempre tenían al burro como fiel compañero, animal de carga en el que se encontraba mas que un medio de transporte. El camino lo tomaba los pasos firmes y constantes de los burros, los cuales paso a paso y tranquilamente caminaban, y sobre ellos o a un lado caminando iban aquellos personajes, reflexionando cada cual lo suyo bajo la bienvenida del amanecer o la despedida del atardecer. La rutina era una relación directa con la naturaleza, los niños de entonces imaginaban un mundo desde lo mas simple, los ancianos recordaban sus historias y repasaban los refranes que la vida les había y les estaba deparando. El trabajo de la tierra conllevaba un usufructo tal que bien pagado quedaba tras el sacrificio diario, la alegría era ver a toda la familia junta y unida por las labores de la casa, por el saber de la cultura del campo. Esa cultura que bien sustentada quedaba tras las experiencias de antepasadas generaciones que fueron dejando de cuento en cuento un saber fundamental para el desarrollo humano.
Pero fuera de toda parafernalia todo el mundo convivía en armonía en un pueblo donde todos eran conocidos, eran vecinos, parientes de una tierra, compañeros. Desde los niños a los mayores el pueblo estaba vivo, los niños recibían el saber de sus mayores, se desempeñaban en las labores del campo desde muy niños, y con la imaginación infantil que comenzaban en ese mundo también se despedían. Sus historias son las historias de nuestros mayores, son las palabras de esas miradas aferradas en el recuerdo.
Las casas de aquel pueblo aun guardan sus secretos, las paredes aún tienen mucho que contar y poco que oír. Las humildes casas tenían las paredes encaladas, puertas de madera con postigo y tranca, rejas pobres, ventanas y persianas de buena carpintería, tejas viejas y rojas, aceras impecables y calles empedradas. Por dentro el suelo era de lanchas, las vigas y el techo de madera, las arcas a un lado y a otro, sillas y taburetes, cuartos sencillos, camas altas y anchas envueltas en gruesas mantas, chimeneas en la cocina y salón, despensa, corral amplio con pozo, cuadras… en fin, la nota predominante en la arquitectura de los hogares de aquella tierra. Una arquitectura cuyos pilares fundamentales eran un trajín eterno entre el hogar y las imprevisiones del campo.
Durante siglos la escritura del lugar fue constante, las huellas que dejaron en la tierra aún no se han llegado a borrar, esas huellas que llegan a añorar los caminos trazados por aquellos personajes en un lugar alejado y olvidado bajo el absurdo. Aquel lugar estaba arrinconado frente al paso sin respiro que se vivía diariamente en las ciudades. Sus personajes eran los personajes de una tierra, el mas sentir sentimiento de calor y amor lo recibían de sus tan mágicas tierras.
Aquellos personajes fueron los jóvenes e hijos de una tierra en la cual la vida era una constante, y cada día una reflexión. Aquella tierra queda hoy muy lejana, solo podemos apreciar lo poco que de ello se esconde, solo te lo podrá contar algún que otro personaje de aquellos. La tierra es tan sagrada como la vida, la tierra tiene memoria. Una memoria cuyo olvido es rescatado cada vez que escuchamos las historias protagonizadas por personas como las relatadas, personas a las cuales el día a día era una relación directa con la naturaleza. Por los vestigios de tal época pasada aún quedan muchas historias que leer y todas están escritas en la tierra. Levantarse cada día como en aquel entonces, disfrutar de las horas del sol, de los cielos y aguas claras, de los frutos de la tierra, del silencio de la naturaleza; sentir la mirada de la luna en las noches, el calor y olor de las chimeneas en invierno, el abrazo de callejuelas perdidas y remotas a cualquier encanto. Respirar desde el alba al anochecer la eterna canción.

domingo, 25 de enero de 2009

instrucciones


Nos faltan las instrucciones necesarias para mantener una vida feliz, o como se diría en otros términos (económicos por ejemplo) óptima. La socialización a la cual somos sometidos en la infancia (y desde antes y durante nuestras vidas) nos inculcan los valores del entorno, recibimos en las escuelas la dosis social con la cuál nos involucramos en la sociedad de tal manera que formamos parte de ella, y mas aún, decidimos dentro de lo que en nuestra parte se nos es posible. Todo ello contribuye al desarrollo sinfín del mensaje humano, el despliegue económico, político, intelectual ... se destina para en el fondo, una meta muy lejana. Lo mismo apostamos hoy, arriesgamos y luchamos, por lo que a los años fue algo equívoco. Pero es la esperanza la que nos hace seguir apostando, arriesgado, estudiando ... caminando por todos los trazos que nos lleven a lo que en realidad cada cual y todos en cojunto queremos conseguir. Sin dicha esperanza (de vida) no seriamos nadie, sin dicho riesgo tampoco, esta todo relacionado para que tanto nuestros esfuerzos y esperanzas activen el trabajo en vistas a el mensaje final (o sueño, meta..).

Cuentos fotografiados